CRÓNICA | De qué hablo cuando hablo de correr con mi papá

Lo máximo que habíamos corrido eran 32K. Ese día tendríamos que llegar 10 kilómetros más lejos. Mientras me alistaba tuve la sensación de que se trataba de un domingo cualquiera, después de todo, desde hace unos cuatro años dedico las mañanas del domingo a correr junto a mi papá. La ilusión de cotidianidad se desvaneció tan pronto vi el número pegado con imperdibles en la franela dri-fit, que me recordaba que ese era el día en que afrontaríamos nuestro primer maratón.

Ya en el corral de salida, a minutos de empezar la carrera, miré a mi lado y, como cada domingo, vi a mi papá, quien también se estrenaba en la mítica distancia. Cual flashback cinematográfico, recordé las primeras carreras en las que participamos; también cuando leímos De qué hablo cuando hablo de correr, texto en el que Haruki Murakami cuenta cómo se inició como maratonista. Desde entonces, nuestro equipo se llamó Murakami Runners. Soy consciente del privilegio que ha sido compartir con él esta afición. Correr, que para muchos es un deporte solitario, ha sido para nosotros una versión de eso que llaman “tiempo de calidad”.

La remembranza terminó cuando a las 6:00 en punto sonó el pistoletazo de salida. La primera satisfacción llegó a los 17 kilómetros cuando el maratón y la media maratón se bifurcan. Llevábamos 3 años soñando con ser parte de ese grupo que seguía su recorrido hacia el Paseo Los Próceres.  Celebramos ese primer hito con la satisfacción de quien ve cumplido un sueño, aunque sabíamos que el maratón comenzaría, realmente, al pasar los 30 kilómetros.

No conozco a ningún corredor que no tenga a su disposición una buena colección de frases inspiracionales, de esas que te ayudan en los últimos kilómetros. Llegando a El Llanito, cerca de los 32K, recordé un proverbio africano que leí en un blog de running, en un post que hablaba sobre los beneficios de correr en grupo: “Si quieres llegar rápido, es mejor ir solo; pero si se quiere llegar lejos, es preferible ir acompañado”.

Nuestra ruta de entrenamiento habitual incluía la avenida Río de Janeiro, retornando en El Llanito. Mientras me acercaba al retorno, recordé que la primera vez que corrí esa avenida no dejé de preguntar cuánto faltaba para dar la vuelta. No pude dejar de notar que en ese punto del maratón ya muchos atletas iban caminando y, seguramente, se iban haciendo la misma pregunta que yo me hice aquella mañana de domingo, hace ya cuatro años.

Llegamos al kilómetro 32. De ese punto en adelante, todo era nuevo para ambos. Sabíamos que podía pasar cualquier cosa. Todo el mundo dice que en algún punto de la carrera vas a querer detenerte. Es cierto. Ese momento llegó para mí a los 33 kilómetros, empezando la cuesta que empalma con la avenida Francisco de Miranda. Un calambre en la pierna izquierda me dejó paralizada, pero más que el deseo de abandonar, me invadió la duda de si sería capaz de continuar hasta la meta.

Por primera vez en la carrera sentí miedo. “Hidrátate; toma sal; acuéstate en el suelo; levanta las piernas”, los corredores me daban sus valiosas recomendaciones al tiempo que me adelantaban. Entendía perfectamente la razón, tras meses de duro entrenamiento cada corredor aspira a lograr un tiempo específico. Solo mi papá se detuvo a ayudarme.

“Sigue sin mí”, le dije; a lo que él respondió: “No, somos un equipo”. Me conmovió. No es común escuchar que un corredor esté dispuesto a sacrificar su tiempo. Volví a pensar en aquel proverbio y comprendí, en ese instante, que más que ir acompañado, lo verdaderamente valioso es correr en equipo.

Más que las recomendaciones que me dieron para paliar el malestar, lo que me ayudó fue saber que, pasara lo que pasara, no iba a tener que batallar sola con el resto de la distancia. A veces, eso es todo lo que necesitas para continuar.

A esa altura del maratón ya había visto a por lo menos una decena de corredores tendidos en el piso, luchando solos contra el dolor y la incertidumbre. La Francisco de Miranda estaba cobrando su cuota de respeto a los runners que osaban convertirse en maratonistas.

Del kilómetro 35 en adelante, cada paso es una victoria personal. Cada grito de ánimo, cada pancarta y cada sonrisa son más efectivas que los geles de glucosa. “El esfuerzo del último tramo de un maratón es mental”, me habían dicho. Ver a mis compañeros de trabajo y a mi familia esperándonos cerca del kilómetro 36 probó ser el combustible que necesitaba para seguir hasta la meta.

Y es que en un maratón, el dolor mella más la confianza que los músculos. Pese a que los calambres se sucedieron de manera intermitente en los kilómetros 35 y 38, pude seguir gracias a que corrí en equipo, flanqueada por aquellos que creyeron en mí. Mi papá no dejó de repetirme: “Vamos, Giti. Sí puedes”.

Minutos después, con las manos entrelazadas, cruzamos la meta. Ya sentados y contemplando nuestras medallas, le pregunté por qué no había seguido la carrera solo: “Porque el objetivo no era llegar a la meta, sino cruzarla juntos”, respondió.

Add a Comment