¡Indignaos! | Yo acuso

Tal vez sea una cualidad de los franceses no vincular la fuerza al volumen. Pienso en cuán fragante es el perfume que viene en el frasco más pequeño; también en la contundencia de dos libritos que con menos de 50 páginas uno, y de 150 el otro, lograron el objetivo de conmover a la opinión pública.

¡Indignaos! es obra de Stéphane Hessel (1917-2013). Para el momento de su publicación en 2010, Hessel era el último sobreviviente que participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). En el brevísimo texto el autor confiesa que su larga vida “le ha dado una sucesión de razones para indignarse” (p. 28).

Argumenta que frente a esas razones, la indiferencia es la peor de las actitudes: “Si os comportáis así, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que le sigue” (p. 31).

Hessel ve la indignación como el desencadenante del compromiso, es decir, el generador de las acciones que procuren la eliminación de los hechos agraviantes.

Es doloroso observar que el nuestro se ha convertido en un país pródigo en razones para indignarse. También preocupa que la insensibilidad ante los abusos, en parte consecuencia del miedo a represalias, o peor, al temor a perder dividendos producto de tales atropellos, le gane la batalla al compromiso.

Recuerda Hessel que el compromiso es una actitud personal que alcanza dimensiones efectivas en tanto más personas se comprometan con cambiar una situación.

Yo acuso (L´Aurore, 1898)

En Yo acuso, Émile Zola (1840-1902) fue uno de los primeros en comprometerse con el denominado caso Dreyfus, y recurrió a la única vía del intelectual indignado: la pluma. Su breve obra logró despertar a una opinión pública insensible a la injusticia cometida por el Estado francés en contra del capitán Alfred Dreyfus.

“La verdad está en marcha y nada la detendrá”, afirmó Zola. Con pruebas en mano acusó al Estado, a la Iglesia, a los jueces y a los medios de información. Su escrito le valió una condena a prisión que lo obligó a exilarse.

En el texto increpó a aquellos medios que llenaban sus páginas con “más chismes que información”. Llamó a la reflexión con esta aseveración: “Cuando uno carga con tantas almas [influencia en la opinión pública] (…) hay que poseer una integridad intelectual escrupulosa, so pena de caer en el crimen cívico” (p. 65). Recordó así que el periodismo es un oficio cuyos componentes técnicos y éticos son indivisibles.

A eso de no juzgar el libro por su portada, habrá que añadir que tampoco hay que guiarse por su extensión. Los franceses lo saben: cuando el perfume es bueno, basta aplicarse una gota; cuando las palabras son las adecuadas, pocas son suficientes.

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