Margarita se cocina a fuego lento

La crónica es el género que constata que los periodistas no toman vacaciones: este oficio únicamente concede el descanso cuando la historia está escrita, antes, no te deja en paz. Cuatro días en Margarita, que coincidieron con el inicio de la 4ta edición de Margarita Gastronómica, sirven de excusa para hablar de la esperanza y argumentar que la sostenibilidad, y no la velocidad, debería ser el indicador más importante para medir el progreso | Por Gitanjali Wolfermann

Sentada en el faro que corona uno de los cerros del pueblo de Pedro González, en el extremo norte de la isla, contemplando la apacible majestad de playa Zaragoza a un lado, y el oleaje indómito de Puerto Cruz del otro, escuché como un susurro una frase de Plinio Apuleyo Mendoza, quien en una situación similar, es decir, admirando la belleza de su Colombia natal, exclamó que un país tan hermoso como el suyo merecería mejor suerte. Si de belleza se trata, esta vista es prueba inequívoca de que también nosotros la merecemos.

Dejé a Plinio allá arriba y fue Robert Graves quien me acompañó en el descenso: recuerda que fue la esperanza, no la suerte, lo que Rea, esposa de Cronos, decidió esconder en una isla remota fuera del alcance destructor de su marido, dejándola eternamente protegida de la degradación que impone el paso del tiempo, musitó el inglés. Paré un minuto, subí la vista y miré a los lados como quien busca algo: tal vez la escondió aquí. Se escapa un suspiro antes de seguir cuesta abajo. Es inevitable, a ras de tierra, todas las disquisiciones mentales sobre mitología griega desaparecen.

Transcurría la mañana de mi último día en la isla. Había viajado desde Caracas cuatro días antes para celebrar el cumpleaños de mi abuelo, oriundo de Pedro González. «Mija, por favor cuando vengas tráenos jabón de tocador, champú, unos paqueticos de Harina Pan, leche si consigues, unos rollitos de papel toilette y las pastillas para la tensión», petición de mi abuela. Trece de los veintitrés kilos permitidos como equipaje se fueron en la encomienda.

Nada más aterrizar tuve la misma sensación de la pobre Dorothy tras el paso del tornado: ya no estoy en Caracas, esa realidad cuasi blindada a la devastación que el ciclón revolucionario ha dejado tras de sí. Seguí el camino amarillo y tomé un taxi que por 1800 Bs, me llevó del aeropuerto a Pedro González, cabe acotar, un trayecto que dura menos de 20 minutos.

Noté que en la maleta del taxi había un taladro y otras herramientas. “Tengo que estar preparado, aquí hay que tener hasta cuatro trabajos para mantener a la familia”, dijo el taxista sin que mediara una pregunta previa. Durante el trayecto siguió enumerando todo lo que hacía para afrontar el alza de los precios y yo me debatí entre sacar la grabadora y asumir lo que parecía una entrevista espontánea, o darme vuelta hacia la ventana y dejarme hipnotizar por el intenso azul del mar Caribe que llevaba cinco años sin contemplar. Ese round lo ganó el mar.

En la gélida playa Zaragoza pasé buena parte de mi infancia, quién sabe cuántos castillos habré construido sobre su arena. Fuera de Caracas, ese rincón al norte de la isla es el único del que puedo decir que también soy. «Uno es del lugar de donde provienen sus recuerdos», murmuró a mi oído la escritora Taiye Selasi. Tienes razón, dije. El taxista pensó que hablaba con él y sonrió satisfecho.

Familia es familia y verla hace olvidar casi cualquier vicisitud, pero mirara por donde mirara, vicisitudes sobraban. Contaron que en la isla impera la cruda realidad de pasar semanas sin servicio de agua corriente y de estar sometido a cortes de luz intempestivos. Afirman que de todos, la escasez de alimentos es el drama que más los agobia. “Tu abuelo pagó ayer 1000 Bs por un kilo de leche”, recriminó mi abuela en voz alta. “A mí me gusta el café con leche, y además, quién sabe cuándo volvamos a conseguirla”, replicó el cumpleañero.

La mañana siguiente trajo la promesa de empanadas de cazón recién hechas y fuimos a por ellas a Juan Griego. Me comí la primera contemplando el azul infinito de la bahía; pensé por un momento que tanta belleza podía ser nociva: nos distrae de los problemas. Cuando fui a pedir la segunda ya se había acabado la masa. “Tenías que pedir las dos al mismo tiempo porque ahora traigo menos masa y se acaba en un momentico”, la señora detrás del sartén confirmó mi teoría.

El paseo por Juan Griego mostró un pueblo con bulevares desolados y tiendas pobremente aprovisionadas. Lejos quedó el esplendor de los bodegones y las perfumerías. A la limitada variedad de la oferta se sumaron precios que ahuyentaron la tentación de satisfacer algún capricho. Doblar una esquina desveló dónde estaba la gente: haciendo cola bajo ese solazo inclemente a las puertas del abasto del chino Juan.

La escasez de alimentos, y su repercusión inmediata, el sobreprecio de lo poco que se consigue, es alarmante. Esa tarde, una visita al Central Madeirense de Costa Azul permitió comprobar que hay pasillos enteros aprovisionados con un mismo producto: casabe, salsa inglesa, salsa de ajo. Enlatados únicamente había sardinas. Ahí no había colas, por supuesto.

Ante tanta desolación la pregunta era inevitable, tanto como lo era asumir que estaba gestando la redacción de esta crónica desde que empaqué los trece kilos de comida para ayudar a mi familia: ¿cómo están haciendo? Una tía, maestra de una escuela local, contó que en su trabajo las docentes se organizaron por número de cédula, ese día pueden faltar para ir a “cazar” en los supermercados de Porlamar los productos que necesiten. “Al final de la semana cada una lleva a la escuela lo que tiene repetido y hacemos trueque, si tienes suerte, logras aguantar una semana más. Así vamos”, describe.

Futuro sostenible

Se enumeran rápido las calamidades, pero a este precipicio llegamos tras caminar durante dieciséis años en la dirección equivocada. Mientras hubo dinero para cubrir las masivas importaciones de alimentos y bienes, la industria nacional fue decreciendo en su capacidad productiva al punto de que hoy, Conindustria estima que no llega a media máquina, en consecuencia, el país está sumido en una carestía sin precedentes.

Entre una cerveza y otra –abastecimiento con el que el Gobierno no se atreve a jugar-, una vecina que acude al cumpleaños relata que todo lo que llega a la isla tiene un sobreprecio superior al de tierra firme. “Cuando en Caracas consigues algo en 500 Bs, aquí tienes que pagar 1000 Bs y aun así, hay productos como los de higiene personal que ni siquiera se consiguen. No recuerdo la última vez que usé enjuague para el cabello. Yo no sé adónde vamos a parar”.

Otro vecino –quien aseguró que éramos primos-, descargó su frustración con la intermitencia del servicio de luz. Le comenté lo que afirman los ingenieros electricistas que desfilan diariamente por los programas de radio: que años de negligente falta de mantenimiento han dejado al país a oscuras. “Sí, pero allá en Caracas no se va tanto como acá”, espetó el primo. La mortificación de mi abuela es la falta de agua. “Son incapaces de asumir alguna responsabilidad, ahora andan diciendo que son los turistas quienes despilfarran el agua”.

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Ese mismo contexto adverso ha sido el marco en el que se ha venido fortaleciendo la iniciativa de la asociación civil Margarita Gastronómica, que este año celebra su 4ta edición. Su presidente, Fernando Escorcia, reseña en su blog que en ese período se han desarrollado “más de 80 emprendimientos e innovaciones gastronómicas que reflejan la creatividad y audacia del venezolano para enfrentar los nuevos retos, la situación país, y para aprovechar las oportunidades posibles en tiempos de carencias y crisis económica nacional”.

En franco contraste con la estrategia del Gobierno, fundamentada no en elevar la producción nacional –lo cual implica tiempo y esfuerzo-, sino en la velocidad con la que las importaciones pueden llenar temporalmente los anaqueles neoespartanos, se erige la premisa de Margarita Gastronómica, según la cual: “En Margarita se cocina un país posible, verdadero y sabroso”.

Se cocina -cómo hacerlo de otro modo en un país con semejantes condiciones- a fuego lento, lo cual, según su presidente, garantiza “su defensa y crecimiento, alentando junto al establecimiento de 4 escuelas de cocina en la región el reforzamiento, profesionalización y renovación del capital humano para la isla y buena parte del oriente del país”.

De esa olla emana el olor de un futuro sostenible, alejado de los avatares de la suerte. Sin ir muy lejos, en Pedro Gonzáles tuve el chance de conocer La Casa de Esther, lugar donde cerró la 2da Ruta del Ají Margariteño. Se trata de una hermosa estructura colonial cuyos fogones son testigos de esa cocción del país verdadero y sabroso que podemos llegar a ser.

Construir un país posible, sin misiones utópicas que terminen en la miseria de unas “colas sabrosas”, pasa indefectiblemente por promover la sostenibilidad. “Es mucho el camino que Margarita Gastronómica ha andado desde sus inicios, a principio de 2012, cuando solo se proponía crear una paleta de eventos para uno de los meses de más baja proyección turística de la isla. El modelo de gerencia cultural que practica esta asociación civil sin fines de lucro, es objeto de estudio y consulta permanente por diversos sectores y agrupaciones gastronómicas de Mérida, Carabobo, Monagas, Guayana, Aragua y Sucre, quienes proyectan y desarrollan planes y programas similares en sus regiones”, describe Escorcia.

Ahora, cuando pienso en la reconstrucción del país productivo que encarna este proyecto, vuelvo a recordar ese acto de Rea que salvaguardó la esperanza del embate del tiempo: levantar el país, si bien será una tarea titánica, es perfectamente posible. El progreso de Venezuela, vale decir, de su gente, no puede seguir dependiendo de la suerte del precio de barril de petróleo y de los productos que podamos importar con esos dólares.

Escribo estas líneas en el avión que me trae de vuelta a Caracas. Leo un tuit en el que aseguran que vienen en camino no se sabe cuántos barcos cargados de alimentos, medicinas y seguramente electrodomésticos preelectorales, para que en un abrir y cerrar de ojos, vivamos la ilusión del abastecimiento. Entre tanto susurro, escucho a Marinetti recitar su Manifiesto futurista: “Afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva, la belleza de la velocidad”. La esperanza es que tras 16 años, finalmente hayamos entendido que no es la belleza de las importaciones lo que hará que Venezuela forje un futuro mejor, sino la del esfuerzo constante, verbigracia, el que lleva cuatro años cociendo en Margarita el país posible. Creo que después de todo, tal vez esa esperanza mitológica sí está oculta dentro de una perla en el mar Caribe.

Esta crónica fue publicada el 13/09/15 en Newsweek en español Venezuela.

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