COVID-19 pone a prueba fortaleza emocional de los venezolanos

  • En los últimos seis meses los venezolanos han pasado por diversos sistemas de confinamiento: de la cuarentena estricta al modelo 5 x 10 y luego al 7 x 7, con sus tres bemoles de flexibilización según decida el gobierno. En el interín, han sorteado además la escasez de gasolina y gas doméstico, la escalada de los precios y el deterioro de los servicios públicos
  • Expertos en salud mental afirman que quienes mejor han sorteado la crudeza del confinamiento han sido aquellos que han encontrado dentro de sí, las herramientas emocionales para adaptarse a la nueva realidad y han transformado su casa en un espacio para el autocuidado y la reinvención

Gitanjali Wolfermann @GitiW

Se dice rápido, pero ya han pasado seis meses desde que se anunció la llegada del COVID-19 al país y comenzó un confinamiento forzado que alteró completamente la rutina laboral, académica, social y la dinámica familiar de gran parte de los venezolanos. 

Durante estos 180 días de cuarentena son varias las emociones que se han sucedido: el pánico inicial que llevó a muchos a abastecerse de alimentos, a hacer colas para llenar el tanque de gasolina, a buscar medicamentos en la farmacia, le dio paso a la duda e incredulidad pues en marzo el virus aún parecía una amenaza irreal y lejana que quizás ni siquiera se iba a materializar en Venezuela debido a la limitada oferta de vuelos hacia el país. 

“Esto ha sido como un terremoto emocional con réplicas grandes y pequeñas. En lo personal, siento que el apagón del año pasado nos preparó de alguna forma para esto y nos hizo anticipar todos los escenarios posibles y terribles de lo que podía pasar. Creo que eso nos hizo más fuertes para asumir el tema de la pandemia. En marzo, cuando se veía venir que nos iban a colocar en un estado de receso, tratamos de prepararnos lo mejor posible tanto emocional como materialmente. Esos primeros tres meses fueron de mucho resguardo y protección, como cuando te sientes frágil y todavía no te das cuenta de la magnitud de todo”, cuenta Karla Pérez Poleo, consultora comunicacional y profesora universitaria. 

“Al ver que no pasaba nada uno sentía que el coco estaba lejos y que estábamos presos porque a esta gente le convenía tenernos así. Ahí me sentí hasta molesta, como burlada. Cuando empezaron a conocerse los casos pensé que el coco estaba a mitad de camino y que en cualquier momento podría llegar. Ya a estas alturas es evidente por vecinos, conocidos y casos cercanos de personas que han muerto que vamos a empezar a ver el verdadero drama. Incluso pareciera que quieren abrir las puertas y yo siento pánico. Tuve pánico particularmente con el tema de las clases porque no quería mandar a mi hija pues los niños pequeños son foco de contagio. Ahora me siento frustrada. Creo que la gente va a necesitar activarse sí o sí asumiendo el riesgo de la enfermedad, aunque eso no implica que no tengan miedo sino que ya no pueden seguir esperando. Ya me ha tocado salir a trabajar más activamente en la calle y dejar a mi niña en la guardería. Tratas de tomar todas las medidas de protección pero es emocionalmente agotador”, continuó Pérez Poleo. 

Sube y baja emocional

La fluctuación de las emociones ha ido de la mano con los vaivenes de las decisiones gubernamentales para el control de la pandemia. Entre marzo y septiembre el gobierno ha impuesto tres modelos distintos de cuarentena -en mayo fue 10 x 5, en junio pasó a 7 x 7 y en julio introdujeron tres tipos de flexibilización- los cuales no parecen obedecer a ninguna lógica epidemiológica pues si bien los casos aumentan de manera sostenida, la cifra de  decesos que anuncian se mantiene invariable. 

La consultora comunicacional describió sus emociones tras estos seis meses: “Hoy siento que estamos en un punto extraño, como con tanta energía por las cosas que queremos hacer porque la cosa está difícil y la vida continúa, pero al salir a la calle ves los casos y sientes miedo. Creo que el venezolano es capaz de transformar ese miedo, vivirlo y volver a empezar, como una especie de reseteo continuo que hemos tenido que hacer para llevar una vida normal”.

“Hoy no somos los mismos de hace seis meses. Noto ahora más miedos porque sentimos que el COVID-19 está cerca. Pasamos del pánico colectivo a una fase de incredulidad porque no conocíamos a nadie al que le hubiera dado COVID-19. La etapa en la que estamos ahora es de miedo intenso porque nos estamos dando cuenta de que es cierto, ya todos tenemos una referencia de alguien que está contagiado o que murió. La realidad del COVID-19 entró en nuestras vidas y eso intensifica un miedo que puede volverse patológico”, dijo la psicóloga clínico y social Yorelis Acosta, jefa del área sociopolítica del Cendes de la Universidad Central de Venezuela.

Independientemente del país y del contexto puntual de cada nación, desde principios de año cada persona ha tenido que lidiar, a su manera, con el miedo al contagio, a la muerte, al colapso de los servicios de salud, a perder el trabajo y no poder hacer frente a los gastos diarios, con la incertidumbre de no saber hasta cuándo va a durar el confinamiento, y con la ansiedad por haber perdido la rutina y la conexión física con familiares y amigos. 

Ya la Organización Mundial de la Salud había advertido en mayo que la pandemia también iba a desencadenar trastornos emocionales debido a lo prolongado del aislamiento social, al miedo al contagio y al temor a perder el trabajo. Acosta agregó a esta lista la aparición de la hipocondría. “Es muy normal en estos días, sobre todo después de exponerse a una situación de riesgo como ir a un supermercado o estar cerca de alguien que tose. Hay quienes llegan a su casa a bañarse, a lavar toda la ropa y al rato sienten como que tienen fiebre o dolor de garganta. Eso es normal”, dijo la experta en salud mental. 

Acosta se esforzó por dejar claro que hay una afectación psicológica normal derivada del contexto de esta pandemia que todos vamos a experimentar. “En el plano psicológico, toda la población está afectada por COVID-19. El cambio de rutina laboral, de las dinámicas en el hogar, del encierro, de perder el contacto con la familia y los amigos. Todo eso hace que aparezcan unos miedos que en algunas personas pueden llegar a ser muy intensos”, dijo.   

El reto en este punto está en encontrar el equilibrio entre el miedo, que es una reacción básica normal cuando nos enfrentamos a una amenaza, y el pánico que es una emoción paralizante, explicó Acosta. 

“Por favor, necesito ayuda”

Después de 180 días de confinamiento las secuelas comienzan a hacerse evidentes. “El aislamiento nos va a pasar una factura psicológica pues no estamos hechos para hacer la vida desde casa. Estar encerrados en la casa puede llevar a episodios depresivos leves, crisis nerviosas, alteraciones del estado de ánimo y pensamientos irracionales que cuesta controlar”, explicó la psicóloga. 

“A mí el coronavirus me devolvió a la psicología clínica porque yo estaba dedicada a la investigación en el campo de la psicología social. Es tanta la gente que me empezó a consultar que me tocó atenderlos a mí”, confesó Acosta. 

¿Qué está viendo en su diván virtual? “Muchas fobias y preocupaciones excesivas: a la muerte, a la suciedad, a las multitudes, a la soledad, al contacto físico, e incluso miedo a quedarse soltero en este año pues las probabilidades de conseguir pareja en un contexto de aislamiento y distancia social son menores”, explicó la psicóloga. 

A través de su consulta, Acosta ha notado que tras seis meses de encierro, el hogar pasó a ser un sitio insoportable para muchas personas. “Es necesario establecer nuevas normas de convivencia familiar. Hay que distribuir los espacios en la casa, incluso si el sitio es pequeño y hay varias personas teletrabajando. Muevan los muebles y que cada uno tenga aunque sea un rincón. Busque una silla de trabajo, no trabaje en la silla de la cocina. Si hay niños, déjales un espacio para que jueguen sin que afecten a los que trabajan. Otra clave, empezar a negociar tiempos y silencio”, describió Acosta. 

Una oportunidad para la reinvención

El teléfono de María Fernanda De Castro, psicóloga clínico y psicoterapeuta con más de 50 años de experiencia, también comenzó a sonar más de lo habitual tan pronto como a los quince días de comenzar la cuarentena. Eran pacientes que ya habían cerrado su ciclo de terapia y también personas que la contactaron por primera vez. 

“Me llamaban porque la cuarentena nos quitó el baluarte más importante que tenemos los seres humanos: la libertad. Al estar confinados nos sentimos presos y esa sensación en Venezuela es aún más acuciante por todo el entorno. Ese es el primer punto que yo veo con mis pacientes”, dijo De Castro. 

El segundo motivo de consulta es la ansiedad por la pérdida de la rutina. “¿Y ahora qué hago? me preguntan. Claro que hay quien te dice que trabaja desde la casa sin problema pero hay muchos que no tienen la opción de teletrabajar y han perdido la capacidad de desarrollar su parte laboral, lo cual les genera muchísima ansiedad”, explicó De Castro.

Otro motivo de consulta que refirió la psicoterapeuta es la ansiedad derivada de la proximidad con los demás integrantes de la familia. “Vivir puertas adentro implica estar en contacto con nosotros mismos. Mira cómo yo lo veo: ¿Qué ha significado el confinamiento en la casa? Nuestra casa es el mundo interno, es la imagen de lo que llevamos dentro. Normalmente no estamos acostumbrados a estar en contacto con nosotros mismos sino a estar afuera: ir al trabajo, vernos con los amigos en un café, todo es hacia afuera pero esta situación nos ha obligado a venir adentro y es ahí cuando nos encontramos con nosotros mismos. Y cuando te encuentras contigo, ¿qué haces, cómo lo manejas? Salen las ansiedades de una manera más evidente”, dijo.  

De Castro usa esta imagen para explicarle a sus pacientes por qué el confinamiento en el hogar les genera tanta ansiedad: “Este mundo que nos rodea, esta estructura social funciona hacia afuera: es el poder, los logros, la imagen. ¿Qué pasa con eso? Que a veces esa estructura está hueca. Tenemos títulos universitarios, propiedades y vida social pero no hay un mundo interno desarrollado todavía porque nadie nos enseñó a conocernos, a preguntarnos cómo nos sentimos y por qué nos sentimos así. En la medida en que no me conozco no puedo responder a una pregunta básica: ¿Qué es lo que me pasa? Uno llega a tener 40, 50, 60 años y no saber qué te pasa genera una gran ansiedad”. 

Justamente por la obligatoriedad del encierro, De Castro opinó que la cuarentena también puede ser una oportunidad: “Yo veo esto como un regalo que la vida nos está haciendo porque es la oportunidad para entrar en contacto con uno mismo. Esta situación de confinamiento mundial también es la oportunidad que la vida nos da para encontrarnos con nosotros mismos. A unos les parecerá una locura pero así lo veo yo y tengo muchos pacientes que me han dicho lo mismo. Lo que estamos enfrentando es muy duro y en esas situaciones la gente se reinventa. Dentro de cada uno están todas las herramientas para salir adelante”, argumentó.  

Si ese contacto con nuestro mundo interno genera turbulencias, hay que tomar en cuenta que todos los integrantes de la familia están experimentando, a su manera, un proceso similar, de allí que los conflictos que antes eran nimios se han tornado más intensos durante estos seis meses de cuarentena. 

Si para muchos la ansiedad ha derivado de un hogar que se siente más como un ring de boxeo, para otros ha sido consecuencia de haber pasado los últimos 180 días en una isla desierta. De Castro dedicó especial atención a la doble amenaza del COVID-19 que enfrentan muchos adultos mayores: contagio con un pronóstico más delicado y los efectos de la soledad prolongada. 

“El que vive solo tiene un riesgo emocional más alto. En este momento hace falta el afecto, el apoyo y la compañía. Hay mucha gente sola, en especial adultos mayores. Ahí es sumamente importante que los hijos y nietos que están fuera del país o viven en otra ciudad se pongan en contacto con sus familiares. Los vecinos también pueden hacerse presentes. La gente sola es la que necesita más apoyo pues la base de nuestra vida es la emocionalidad y cuando esa vida se deprime, o entra en un estado de estrés profundo, bajan nuestros mecanismos de defensa. Todos necesitamos saber que tenemos a alguien con quien contar, porque seguimos siendo seres sociales aún en medio de esta pandemia”, dijo la psicoterapeuta. 

A la incertidumbre natural de una pandemia global, hay que sumar la ansiedad que deriva del manejo de la información que ha hecho el gobierno. Las cifras oficiales tanto del número de contagios como de los decesos contrastan con las estimaciones del segundo informe sobre el estado actual de la epidemia publicado el 9 de septiembre por la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Dicha institución advirtió que los contagios de COVID-19 seguirán su trayectoria ascendente hasta finales de 2020. En franco contraste con la confianza que busca transmitir la gestión de Maduro, los científicos calcularon que para finales de agosto, unas 7.000 personas al día se habrían infectado con el nuevo coronavirus, cifra que difiere de los 1.281 casos reportados de manera oficial para la misma fecha.  

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